Imagínate en esta situación: Todos los días vas con cuidado a cumplir tus rutinas diarias (estudiar, trabajar, lo que sea), y en una calle te atropellan. Vives para el día siguiente, donde vas a hacer tus cosas, y en la misma calle te atropellan. Vives, otro día, y te atropellan de nuevo. Hazte la idea de que esto ocurre a diario. Le cuentas a alguien, y ese alguien te dice “¡tch! fíjate por donde caminas“. Sigues su consejo, y te preocupas de fijarte por todo lugar que andas, ves a los lados, revisas de nuevo… cruzas, y ¡bam! Otra vez te atropellaron. Esta vez tienes cuidado extra, mides todo lo posible para poder cruzar seguro, y te atropellan nuevamente… ya llevas años siendo atropellado, y las consecuencias son aterradoras: tienes miedo de salir, por temor a que te atropellen, tienes temor a los autos, porque te atropellan, odias a los conductores de autos, odias a sus familias, odias al sistema de vida que tienen, temes porque te hagan salir de nuevo, y tu cuerpo no tiene la forma que en un principio debiera de tener.
Ahora, ¿qué pasa cuando esas cosas no ocurren con autos, sino con personas? ¿qué pasa cuando atropellan tus derechos básicos, tus espacios, tu forma de vivir? ¿qué pasa cuando tratas de caerle en el gusto a los demás, y sin embargo sigues sufriendo por su aprobación? Las consecuencias son mayores, los peligros, peores, y tú… ya no sabes qué hacer al respecto.
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